Voy a aprovechar para hablar sobre la manía que tenemos de etiquetar a las personas y encasillarlas dentro de una cualidad generalmente negativa.

Esto, es algo que no sólo lo hacemos con las personas del entorno, sino que también con nosotros mismos. O me vais a decir que nunca os habéis llamado algo como “soy un desastre”, “soy tonto”…

Normalmente, cuando recibimos una etiqueta, nos “obliga” de manera indirecta a actuar acorde a ella. Me explico, cuando a un niño le mandamos mensajes como: “Iker es vago”, lo que poco a poco vamos consiguiendo es que Iker sea vago que acabe actuando como un niño vago, porque es precisamente lo que se espera de él. Pero ocurre igual a la inversa: “Aritz es bueno y aplicado, saca buenísimas notas”. ¡Qué presión! Pobre Aritz, las expectativas que nos generaremos de él, son unas calificaciones y una conducta adecuada. ¿Será casualidad que los niños que tienen una etiqueta como esta sean más autoexigentes? Mmmm, te diría que no, te diría que se presionan a sí mismos por buscar ser aquello que ven los demás que son. (¿Ser o no ser?).

Yendo más allá, y sabiendo que quizás esté equivocada, hablaré de cómo abordo las etiquetas en mi desempeño como psicóloga en el Centro Integral de Psicología en Bilbao, donde observo que me resulta más eficiente centrarme en los síntomas que presenta el paciente que en la propia etiqueta con la que llega, su diagnóstico, puesto que normalmente, no les afecta de la misma manera. Esto se ha visto respaldado por una conversación que mantuve, donde me comentaron que en el caso de los médicos, únicamente en el 20% de los tratamientos se dan sabiendo claramente el diagnóstico, sino que es a raíz de la evolución cuando van corroborando sus hipótesis. Es por ello, por lo que considero que no hay necesidad de buscar un nombre a lo que le pasa a la persona que tengo enfrente, sino que me centro en buscar el modo de mejorar su calidad de vida, agarrándome no a un nombre si no a estrategias y herramientas adaptadas a cada persona. Porque puedo estar ante una persona con un diagnóstico de trastorno bipolar, y tratar de apoyarme para llevar a cabo su intervención en la teoría y en los múltiples protocolos que existen. Al hacerlo, puede ocurrir que me encuentre con el resultado que buscaba, pero también que no lo haga, porque no solo va a depender de la carga genética, sino que está la motivación del sujeto, la familia, las herramientas que tiene, intentos que ha puesto en marcha antes de entrar en nuestra consulta…

Por tanto, ¿qué os parece dejar a un lado las etiquetas personales y sociales? Y, ¿centrarnos más a partir de ahora en el cómo reducir las conductas que nos generan problemas y nos sacan una versión un poquito peor de nosotros y potenciar aquellas que si queremos que nos describan?

Este es un gran reto, así que, ¡a por ello!

Irene Tobías

Ongizate, Centro de psicología en Bilbao

 

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